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Lana, el machismo y la WWE

09/01/2017   - Por Sergio Bustos

El mayor protagonismo del wrestling femenino en la empresa norteamericana no implica que el machismo haya desaparecido o se haya reducido.

Lana, el machismo y la WWE
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Machismo. Ese tema casi tabú en la Estados Unidos rendida al espectáculo televisivo. La América más avanzada en lo tecnológico y con menos luces en lo social y político.

Machismo en el wrestling. Y no, haciendo el chiste fácil, esto no va de Jay Lethal. Sé dónde escribo. Sé dónde me dejan escribir. Por ello no tengo ningún inconveniente en abarcar problemas de este tipo, por mucha polémica que pueda originar debido a mentes cerradas o excesivamente condicionadas. Llevo cierto tiempo valorando publicar unas líneas sobre esto, y no me he atrevido ni he dado el paso antes porque no me he sentido seguro. Por desconocimiento y por lo que soy. Resumiendo y hablando claro: soy un hombre y, por mucho que quiera, un hombre no es la persona más adecuada para hablar de machismo. Aun así me aventuro, sin profundizar en exceso y con pies de plomo, a poner el punto de mira donde creo que debe estar sin ser demasiado exhaustivo a la hora de ejemplificar el conflicto.

Mi intención es centrar el discurso en CJ Perry, conocida como Lana en el universo de la WWE. Ella es la figura más representativa de esta problemática en la industria del wrestling, desde su presentación como entertainer y mánager hasta la más reciente actualidad. Recapitulemos, porque tenemos a mano dos muy buenos ejemplos para hablar de machismo sobre CJ como profesional y como el personaje que interpreta. Nos servirán para contextualizar, puesto que uno sucede a principios y otro a finales de 2016.

El primero sucede en enero de ese año, cuando The Rock hizo uno de sus habituales regresos a RAW. Fue en Miami, y el segmento que le introducía contemplaba un paseo desde que dejaba su vehículo hasta entrar al escenario principal donde se encontraba a diferentes personalidades del mundillo del sports entertainment. Tras hablar con Big Show y hacerle llorar, el bueno de Dwayne se encuentra con Lana, uno de los personajes femeninos no-wrestlers (de momento) más populares. Evidentemente, el papel que desempeña Johnson no es otro que el del The Rock más reconocible: bromista, incendiario, vacilón, de chiste fácil y eterna sonrisa en el rostro. Y así le dedica a Lana -con quien ya tuvo un segmento meses atrás en pleno ring donde insinuó cosas bastante graves- unas simpáticas palabras, todas acerca de las habilidades sexuales de la americana con personaje de falsa rusa. "You showed me how to do the one-legged Russian vacuum" o "Remember I showed you how to do the Wisconsin wheelbarrow?" son algunas de las citas más destacables del monólogo. Y sí, digo monólogo porque en ningún momento es una conversación. Lana está estática y casi extática, porque no cesa en su sonrisa reflejando una actitud entre incómoda y satisfecha. Es lo único que hace. Está allí para figurar mientras escucha al Brahma Bull hablar y bramar sobre su asombrosa flexibilidad y su tendencia a la promiscuidad.

Es Rusev, su pareja en la vida real y en pantalla, quien aparece para que The Rock termine marchándose felicitándoles irónicamente por su enlace. Lana no se defiende por sí sola ni existe un ápice en ella que apunte a que lo intente. Es su prometido, que sí se muestra molesto y cuya presencia sí influye, quien tiene que entrar en juego para cortar la conversación. Misma actitud de la actriz cuando aparecía con el propio Rusev en etapas anteriores, donde para enfatizar más en el personaje de antihéroe del búlgaro la WWE no dudó en bookearle como un novio autoritario y poco respetuoso. De nuevo aquí Lana no tenía nada que decir y debía ser un filántropo Dolph Ziggler quien rescatara a la chica de las manos del terrible hombretón europeo. ¿Para qué? Para cambiar los vestidos por ropa sexy vaquera, soltarse el pelo y volver a su participación habitual: estar ahí, al lado del hombre que le toque, sonriendo sin aportar nada más que alguna promo descafeinada.

Como bien sabemos, la gran parte de estos segmentos están en el guión del programa, escritos en un papel que pasa por muchas manos y que termina recibiendo la aprobación del jefe. El mismo jefe que, tras ese show que he comentado, se mostró disgustado por la decisión de The Rock de interactuar con cuatro fans algo molestos de la primera fila que llamaban la atención caracterizados como leyendas de la WWE. La estulticia llega a tal punto que se paga a gente para que guionice segmentos tremendamente sexistas mientras el máximo responsable se escandaliza por una interacción con los aficionados que se sale del propio guion.

No acaba aquí. En las últimas semanas del año hemos podido presenciar otro caso similar en el que se ha vuelto a reincidir en ese machismo exacerbado con Lana. En esta ocasión, la historia envolvía a la chica y a Enzo Amore, otro tipo con personaje de 'bromista'. Y, de nuevo, se muestra una mujer débil que no puede defenderse por sí misma. Locuaz como mánager pero un cero a la izquierda como personaje. Esa es Lana. El protagonista de los segmentos es Enzo, el antagonista es Rusev y su esposa es un mero arma del búlgaro, la 'trampa sexual' que usa un hombre para enfrentarse a otro hombre. No hace falta decir mucho más.

Pero que no se me malinterprete. Sé en que términos nos movemos. Sé que la WWE goza de un humor que en ocasiones va más allá de lo correcto. Que rompe moldes, que puede resultar ofensivo. Ese humor que, personalmente, no me desagrada. Lo siento si decepciono de alguna manera, pero un segmento mínimamente sexista u ofensivo de cualquier otro modo no me molesta si va en pos del humor y, por encima de todo, es ocasional. Esa es la clave: que la excepción no se convierta en regla y tendencia, como sí ocurre en este caso. Y sí, hay mil ejemplos más y multitud de protagonistas. Sasha Banks, las entrevistadoras, el beso de Ric Flair a Becky Lynch... Pero ninguno de esos personajes están tan terriblemente sexualizados y maltratados a nivel de guion debido a las decisiones de la directiva y al juicio arcaico del público masculino heterosexual -ese mismo público que se dedica a lanzar piropos y jalear su físico- como lo está Lana.

Llegados a este punto podemos preguntarnos por qué motivo abarcar la actualidad cuando, en términos de sexismo, la WWE tiene épocas mucho más oscuras. Por todos son recordados aquellos episodios totalmente vergonzosos y más cercanos a un show erótico que al entretenimiento y, desde luego, al wrestling, del pasado más reciente. Bra & Panties matches, estereotipos erróneos, gimmicks de mujeres promiscuas, concursos de bikinis... Se ha llegado a límites como ver a mujeres utilizadas como pago sexual o directamente que la única presencia del género femenino en un show sea que salga un grupo entre combate masculino y combate masculino a exhibir su físico y calentar al aficionado medio. Insisto, hechos tan evidentes y tan lógicamente criticables que no merece la pena rescatarlos de su época. Quien no vea machismo allí, que directamente abandone.

En efecto, sé todo lo que ha superado la empresa americana con el paso de los años y todo lo que ha dejado atrás. Conozco y reconozco el impulso al wrestling femenino dado en los últimos meses, donde las mujeres han participado en estipulaciones de combate que van un paso más allá e incluso han estelarizado eventos principales de la compañía. Pero que no nos engañen: el mayor protagonismo del wrestling femenino no implica que el machismo haya desaparecido o se haya reducido. De hecho, es a día de hoy mucho más peligroso. El revestir la realidad con los avances de las superestrellas femeninas y presumir de ello es algo que la WWE hace constantemente. Relaciona y engarza conceptos a su interés como si de prepararse el desayuno se tratara. Y, lamentablemente, funciona, con su público en la inopia mientras compra el atajo de incredulidad más directo y a la vez disfrazado que puede venderse. Mientras Stephanie McMahon -figura autoritaria femenina de la empresa con la relevancia más ínfima respecto a los directivos masculinos- hace el trabajo más ímprobo por insistir en la Women Revolution, Total Divas, un reality show con multitud de micromachismos y que resulta pernicioso e irreal respecto a la figura de la mujer, sigue en emisión y promoción. El personaje de Lana continúa recibiendo el azote machista, la comunidad sigue centrando el discurso en el físico y vestuario de las mujeres y en WWE.com siguen publicándose sesiones fotográficas impúdicas de wrestlers femeninas sin motivante alguno.

Pero, ¿puede vislumbrarse un panorama donde las mujeres tengan el mismo protagonismo y tiempo que los hombres en un programa de televisión de wrestling a día de hoy? ¿Sería eso suficiente? ¿Desembocaría en un mejor trato a las mujeres, además de mayor protagonismo a sus historias y su título? ¿O los avances son solo fruto y consecuencia de un producto PG, el marketing y la imagen de empresa más allá de un verdadero interés por corregir la situación? Muchas son las preguntas, relativamente claras las respuestas y mínimos los avances en relación a la igualdad de género y el respeto por la figura femenina.

El machismo en el wrestling y concretamente en la WWE es una de las problemáticas más difíciles de abordar hoy día. Se disimula vía propaganda y se extiende desde el guion. La figura de la mujer, así como la fórmula de entretenimiento que utiliza la WWE, no ha evolucionado: se ha adaptado. No hay buenas noticias. No hay nada que celebrar. Todo lo que vemos hoy y creemos positivo debió darse hace ya mucho tiempo. Y, con una industria que reposa sus cimientos sobre la audiencia y el feedback, no se vislumbra un futuro mucho más lúcido. Promover desde abajo un avance en derechos, percepción y valores es, únicamente, el arma de los dirigentes para calmar las aguas y proseguir con el negocio hasta no poder estirar más el chicle. Pero suma. Lo que no suma es continuar con el discurso del conformismo y la estulticia obviando lo que está sucediendo. Las manos que dan forma a nuestras aficiones no mueven un dedo ni lo moverán si el fan aplaude lo que le ofrecen.

Aplaudamos, que más aplauden ellos.

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